Trabajo y Masonería

La Fraternidad Masónica
5 mayo, 2018
Estatua de mármol de un hombre tallando la piedra

Estatua de mármol de un hombre tallando la piedra

CONCEPCIONES SOCIALES DEL TRABAJO

Lo primero que quiero destacar es que debemos desprendernos de una concepción puritana y protestante del trabajo, que ve en el mismo un signo de salvación por la gracia divina y, consecuentemente, considera moralmente virtuoso el trabajo duro y la frugalidad, derivándose naturalmente la conclusión de que el éxito personal es signo de predestinación.

 No combato que el trabajo pueda tener un cierto carácter virtuoso o beneficioso, sino la concepción moralista del mismo, que ve en aquél un medio de librar al hombre de las tentaciones del pecado (a que le llevaría una vida ociosa y distraída), al tiempo que propone edificar una sociedad basada en la concepción de que el éxito mundano es correlato necesario de la laboriosidad y reflejo natural de la predestinación divina. Demasiada semejanza con el Arbeit macht frei, el “trabajo libera” que presidía la entrada de los campos de exterminio nacionalsocialistas.

Tampoco comparto aquella visión, o interpretación, veterotestamentaria según la cual el trabajo es un castigo divino, impuesto por haber profanado el Árbol de la Ciencia del Bien y del Mal. Sin perjuicio del profundo simbolismo y lecciones que cabe extraer del pasaje del Génesis en cuestión, de él se deriva una visión profundamente negativa del trabajo, en tanto necesidad u obligación, impuesta como pena por haber incurrido en el Pecado Original, de ganar el pan con el “sudor del rostro”.

Estas dos concepciones o ideas acerca del trabajo, constituyen actualmente el núcleo de las perspectivas profanas que se adoptan frente a aquél. Es paradójico pero, partiendo de una raíz religiosa, se han desacralizado y vulgarizado de alguna manera. En todo caso, lo que comparten ambas, a pesar de sus notables diferencias, es el sentido del trabajo como un mero medio o instrumento para lograr la subsistencia, en muchos casos y, en otros tantos, los bienes y servicios que satisfagan las necesidades que, reales o aparentes, nos hemos creado cada uno de nosotros.

TRABAJO MASÓNICO

 El trabajo a que nos convoca nuestra Institución entiendo que es, y debe ser, de un orden y cualidad completamente distintos, alejados, como en todo lo que hacemos, de las simples concepciones profanas.

El Trabajo Masónico, es un trabajo a la par especulativo y operativo, parte de la reflexión y de lo interior, para dar paso a la acción efectiva y exterior. Y tiene dos ámbitos, el personal o individual y el colectivo o universal, que se entremezclan y germinan mutuamente y que, en definitiva, son uno y lo mismo. Y utiliza dos clases de instrumentos o útiles decantados y probados por la experiencia y fundados en la Tradición: los símbolos y los rituales; símbolos y ritos que adquieren sentido y resultan aptos para el trabajo a partir del cambio de consciencia impulsado por la Iniciación, momento y proceso que coloca al masón ante la responsabilidad de iniciar su Trabajo, que se irá enriqueciendo, vivificando, por la acción renovadora que los distintos grados por los que ascienda y experimente.

El Trabajo Masónico no debe parecerse, como en este punto nos recuerda lúcidamente René Guénon, a la obsesión del mundo moderno por la acción en sí misma, la necesidad perentoria y neurótica de hacer por hacer, de llenar una especie de vacío existencial con el constante ajetreo de la acelerada rutina cotidiana. Sin duda alguna que ello otorgará satisfacción psicológica momentánea, pero se queda en eso, en movimiento inútil y absurdo, sin vocación y sin dirección. Bien al contrario, al masón se le exige y debe exigirse reflexión y contemplación, no debe actuar ni trabajar de cualquier manera, debe primero especular, contemplar, ser crítico ante lo que le rodea y ante sí mismo y establecer qué es lo que desea hacer, en qué trabajar y cómo trabajar.

Movido por esa necesaria reflexión, el masón se ve impelido a su particular Trabajo, que es nada más y nada menos que la colaboración en eso que se llama la Gran Obra o, en otros términos, contribuir a la construcción del Templo. Somos constructores y canteros, nos afanamos en un objetivo y nos marcamos una clara dirección, o deberíamos hacerlo, porque ser verdaderamente operativos no es tan sencillo. Primero debemos interrogarnos acerca de esa Gran Obra y ese Templo al que acabamos de referirnos. Empecemos por el Templo.

A) Trabajo individual.

El Templo somos, sin duda, nosotros mismos, cada uno, y por ello desarrollamos y labor transformadora y perfeccionadora, que es al tiempo, sin contradicción, destrucción y construcción. Es destrucción, porque todo trabajo verdaderamente tal exige una labor previa de limpieza del terreno, no se labora sobre la nada, no tenemos una tierra virgen en la que, cual tábula rasa, empezar a colocar piedra sobre piedra.

El Trabajo masónico es, en este punto, la perpetua y nunca acabada tarea de transformación de lo denso en lo sutil, de lo terrestre en celeste, del perfeccionamiento y mejoramiento de las distintas facetas del ser humano, no sólo las meramente psíquicas o éticas, sino también de su faceta espiritual, de su propia transcendencia. La imagen del Templo es enteramente sugestiva, pues evoca siempre la idea de lo sagrado, lo sublime y lo glorioso, lo que impulsa a convocar la potencias más elevadas de uno mismo en la labor de su construcción. Porque en el templo se encuentra el Sancta Sanctorum, el Débir, el Adytum; esto es, el lugar donde mora Dios, que, según todas las tradiciones antiguas, es el Centro.

Así, en esa labor constructiva, el masón debe encontrar ese centro, que es el de sí mismo y el del Cosmos, esa Luz que le impulse a divinizarse, y por lo tanto a transformarse en aquello que está destinado a ser, reconstituyéndose, recuperando, como indican también muchas tradiciones, ese estado primordial y sin mácula, que suponía la identificación con el Yo único e indiferenciado.

Así pues, vemos que esta labor personal o individual es doble: de un lado, la búsqueda del ideal por el masón, aquello hacia lo que tender y en que se afanará su peculiar trabajo. Ello obliga a hacerse una idea del Templo al que aspirar, sin que la Masonería, como tal institución imponga un modelo determinado, un ejemplo acabado que el masón particular siga. Lo que sí hace la masonería es proporcionar un cuadro simbólico rico y complejo, pleno de herramientas con la que cada masón debe afrontar lo otra cara de ese trabajo, la construcción de su arquitectura interior, la transformación en un hombre nuevo. En esta segunda tarea también está auxiliado por el ritual, elemento fundamental y verdadera seña de identidad de nuestra Orden. Ese ritual debe operar sobre cada hermano un efecto de amplificación de su consciencia y visión, al tiempo que le sirve de constante recordatorio de que ser masón es una tarea diaria y constante, que, por su esencialidad, exige, esta vez sí, un trabajo perenne que, a diferencia del mundo profano, está pleno de sentido, puede y debe ser realizado, durante las 24 horas del día. Y le proporciona, por último, la energía precisa para redoblar sus esfuerzos en pos del ideal perseguido.

En su trabajo, el masón tiene que ser coherente, ajustar sus palabras a sus actos, sin que las muchas veces grandilocuentes declaraciones de buenas intenciones sirvan para nada si no van acompañadas de los actos. Este es un defecto, un pecado capital, en que, dada nuestra estructura y metodología, basada en la palabra, el logos, a imitación del acto creador primordial del Fiat Lux, podemos fácilmente caer, asumiendo que la sola enumeración de propósitos tiene fuerza suficiente para que los cambios se produzcan, sin más. Traigo la voz del apóstol Jaime:

“Pues si uno escucha la palabra pero no la practica, es como un hombre que mira su

rostro en un espejo, y se va, y al instante olvida qué clase de hombre era; pero aquel que mira en la perfecta ley de la libertad y no es un oyente olvidadizo sino que practica las obras, ese hombre será bendito en su trabajo”

B) Trabajo Colectivo.

Vayamos ahora a la segunda parte, al trabajo colectivo o, quizá mejor dicho, a la construcción del Templo Universal o la Gran Obra de la Humanidad. El masón no sólo se afana en mejorarse a sí mismo sino que acepta y se compromete, desde su Iniciación, con la tarea de mejorar la Humanidad, de construir un mundo mejor y más justo, más iluminado, donde reinen las más perfectas condiciones y en el que una Humanidad esclarecida, liberada de la ignorancia, el fanatismo y la ambición, llegue a ver realizados los ideales de Libertad, Igualdad y Fraternidad. Esto implica la visión de una Humanidad o un cosmos imperfecto, en evolución hacia un estadio superior, o bien, en un estado de degeneración, en involución por efecto de ciclos que naturalmente atraviesan el devenir humano, cual el Kali Yuga de la tradición hindú.

Sea cual sea la visión que adoptemos, en común tenemos una insatisfacción con el estado actual del mundo y del hombre y el deseo y propósito de mejorarlo nucleado en torno a los valores que compartimos en cuanto masones. Todo esto está muy bien, estamos todos muy orgullosos de nuestro propósito, pero, ¿cómo lo hacemos? Porque, al pasar de los ideales que, como la Libertad o la Igualdad que citábamos, a la concreción de los mismos en medidas concretas que la masonería pueda proponer colectivamente, a través de sus Logias u Obediencias, necesariamente nos enfrentaremos a la multiplicidad de ideas y visiones que conforman un amplio abanico de hombres libres y de buenas costumbres, cada uno de los cuales puede proponer, asentir o disentir con instrumentos o medios de mejora o perfeccionamiento humano que ponga en juego cada Logia u Obediencia.

Creo que la respuesta puede hallarse en alguno de los elementos del trabajo individual que he citado antes y en ciertas características de nuestra Orden. En primer lugar, el carácter del masón, como un ser en constante evolución y trance de mejora, lo que le ha de llevar a cuestionarse perennemente sus ideas y concepciones y se encuentra presto a cambiarlas si descubre que están erradas. En segundo lugar, la propia Institución Masónica es un Centro de Unión, que tiene por misión “reunir lo disperso” y a los hombres que, de otra manera, habrían permanecido separados, eliminando todos los factores y elementos que los puedan separar. De esta manera, incentiva la búsqueda de posiciones comunes más allá de aspectos accesorios. Es decir, el masón tendrá, o debería tener la capacidad de superar lo que nos hace diferentes y buscar lo que nos hace iguales, favoreciendo puntos comunes de acción.

Por último, la preponderancia de la palabra a la que también aludía, en unión con un método de intercambio de pareceres y visiones único que se da en el seno de cada Logia y, señaladamente, al calor de las planchas que aquí se leen, invita a la reflexión compartida y al descubrimiento del parecer del otro como algo propio, eliminando el prejuicio psicológico a rechazar las ideas ajenas y reafirmarse en las propias.

Entiendo, en suma, que estos elementos que acabo de citar, y muchos otros que seguramente me dejo atrás, permiten que podamos proponer y actuar colectivamente en beneficio de la Humanidad, siempre que nos lo propongamos y vayamos a ello.

De este modo, se hará realidad esta faceta, que creo que es fundamental, del trabajo colectivo por una Humanidad más cálida y acogedora.