La Fraternidad Masónica

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LA FRATERNIDAD MASÓNICA

Madrid, a 5 de marzo de 2012

Se podrían escribir libros enteros sobre la Fraternidad humana en general y la Fraternidad Masónica en particular, sin embargo, no voy a incidir tanto en las profundidades filosóficas de este principio.

La relación fraterna entre los seres humanos es algo consustancial con esta especie desde el momento en que las relaciones entre individuos de la manada pasan de garantizar el bien común de la misma a aportar una nueva relación que trasciende no sólo el bien común sino la búsqueda de las formas de aportar ese bienestar, incluso a costa del o de los individuos que se esfuerzan por aportarlo.

Tenemos multitud de ejemplos de cómo, a lo largo de la historia, se ha estudiado y potenciado la fraternidad, primero de las tribus, regiones y naciones, así como después la de la Fraternidad Universal.

En tiempos Clásicos, el Estoicismo introduce conceptos que consideraban esencial a cada persona como miembro de una familia universal. Esta doctrina ayudó a romper barreras regionales, sociales y raciales, y a preparar el camino para la consecución de una religión universal.

La asimilación de familia a miembros no sanguíneos, con lealtades y compromisos inquebrantables, desencadenarán una fuerza determinante para el progreso de la humanidad.

Uno de los valedores más significativos de esta corriente filosófica fue Marco Aurelio (a pesar de que con él se puede decir que murió el estoicismo), no sólo por su importancia en el tema a tratar (ya que su extensísima obra se vertebra conceptualmente sobre este principio), sino como homenaje a mi querido Hermano Pilar, el cual rescató magníficamente a este personaje para nosotros, que en mi opinión, sólo tuvo un gran defecto, ser Emperador de Roma.

Otro ejemplo donde se da gran importancia al desarrollo de la fraternidad, fue el Positivismo de John Stewart Mill, que en su obra “El Utilitarismo” establece lo que él llama “Principio de la Mayor Felicidad”, en el que sostiene que “uno debe actuar siempre con el fin de producir la mayor felicidad para el mayor número de personas, dentro de lo razonable”.

No puedo olvidar corrientes filosóficas como el Krausismo, el Socialismo Utópico o movimientos revolucionarios, como el Francés de 1789, donde la Fraternidad entre los hombres es la piedra angular.

Por supuesto, tampoco puedo obviar, que todas las corrientes antes mencionadas tenían un desarrollo mucho más amplio que el concerniente a este concepto de la fraternidad. De hecho, sólo es tangencial en la mayor parte de ellos.
En realidad, mi proposición para el debate, se basa más en la realidad de la Fraternidad Masónica y su posibilidad de convertirla en Universal.

Los principios de Libertad, Igualdad y Fraternidad se basan en unos derechos inalienables del ser humano. Pero pocas veces queremos ver que también son unos deberes irrenunciables.

El derecho de vivir en libertad e igualdad, a pesar de que siempre están en entredicho (hasta en las democracias más consolidadas), no ceja en alcanzar cotas de amplitud cada vez más altas.

Sin embargo, no tenemos tan claro que nuestro deber es hacer uso de forma juiciosa y combativa de nuestra libertad o del concepto de Igualdad. Ser libres y equipararnos al resto de los seres humanos en igualdad de condiciones tiene un coste emocional y social que no siempre queremos admitir. Es más fácil, a veces, renunciar a parte de nuestra libertad y nuestro nivel de igualdad, en aras a un aseguramiento del bienestar social o económico.

Con la Fraternidad ocurre algo quizás todavía más dramático. En nuestra sociedad actual, pensar que es un deber comportarse entre todos nosotros como hermanos y hermanas, no sólo es utópico, sino que en algunos ambientes se reirían a carcajadas de nosotros.

Pero es que incluso, estamos perdiendo la noción de que es un derecho que a cada uno de nosotros se nos trate de la forma más fraterna posible, es decir, nuestro derecho a que se respete nuestra intención a ser felices y hacer feliz.
Esto me lleva a extrapolar cómo estamos viviendo los masones la fraternidad. Creo que el secreto más bellos que tiene la masonería es precisamente este, la Fraternidad entre nosotros.

A los pocos meses de iniciarme, conocí a un hermano nuestro (el cual se ha convertido en un amigo del cual no me separaré jamás). Nuestro hermano se acababa de iniciar y estaba viviendo uno de los episodios más dolorosos de su vida.

A pesar de mi entusiasmo, no conocía apenas las consecuencias y la magia de la Fraternidad, y tampoco supe consolar a nuestro hermano, más allá de algún abrazo, a aquel por entonces absoluto desconocido.

Sin embargo, allí estaban los masones, y uno de ellos (otro de los amigos que siempre llevo en el corazón) le dijo una frase que se me quedó grabada en la memoria: “A partir de ahora, Hermano, jamás estarás solo”.

A lo largo de estos años he sido testigo y protagonista (a veces a mi pesar) de multitud de expresiones de fraternidad entre nosotros.

No obstante, en mucha ocasiones podemos confundir la Ayuda Mutua con la Fraternidad.

La ayuda mutua, concepto absolutamente legítimo, se puede basar en la realización de algo o la prestación de algo de un hermano o hermana a otro u otra. Por supuesto, esta ayuda mutua es opcional y un derecho, pero no una obligación, no un deber.

Una de las críticas de muchos sectores de la sociedad profana hacia nosotros es, precisamente, el que nos prestemos ayuda mutua solo entre nosotros como un deber. Por supuesto, es un error de su percepción de algo tan legítimo, pero también es un error nuestro potenciar este concepto y confundirlo con la Fraternidad Masónica.

Para mí, y es sólo una visión unilateral, la Fraternidad Masónica es nuestro Gran Secreto. Cómo podemos tener el deber de amarnos profundamente sin apenas conocernos y que lo hagamos sin saber ni pensar que es un deber.

Claro que esto se me discutirá, pero en mi opinión es así. Es un deber que nuestros abrazos fraternales sean sinceros y tan cariñosos como nuestras personalidades nos lo permitan.

Es un deber que sepamos los unos de los otros, y no estoy hablando de indiscreciones de nuestra vida diaria, sino de no olvidarnos los unos de los otros, en el mar de confusión que son nuestras vidas en la corriente de la sociedad actual.

Es el deber de ser duros entre nosotros, si creemos que supone un beneficio hacia aquél o aquella a la que nos dirigimos.

Es un deber llorar y sufrir, reír, abrazar y besar, escuchar y hablar, aunque sepamos a ciencia cierta que no va a servir para nada.

La Fraternidad es no rendirse nunca. Y nadie ha dicho que esto sea fácil.

Las ayudas económicas o los favores que podamos hacer los unos por los otros, son un derecho maravilloso que nos engrandece, pero están sujetas a nuestras capacidades circunscritas en el tiempo, trabajo, suerte, etc. Sin embargo, la Fraternidad de la que hablo es inagotable, siempre es recíproca, nos fortalece dentro de nuestra logia y construye los pilares de la masonería universal, entre todos los hermanos y hermanas repartidos por el mundo.

Y sin desvelar al mundo profano este secreto maravilloso que nos une y cimenta nuestra continuidad en el tiempo, tenemos el deber de convertir la fraternidad masónica en una verdadera fraternidad entre todos los seres humanos, y eso se consigue haciendo los mismo fuera del templo.

Amigos, familia, conocidos y desconocidos (que lo son en algún momento de nuestra vida), si a todos ellos les proporcionamos toda la fraternidad aprendida aquí (ya que es un concepto que hay que entrenar, como cualquier cualidad), haremos una sociedad mejor y más justa.

Estas afirmaciones se sumergen directamente en el pozo de la ingenuidad y la candidez. Soy consciente, y a pesar de ello, soy un defensor de esto. Si en nuestro viaje iniciático perdemos el brillo mágico de la ingenuidad adquirida en los baños de los estanques más profundos de nuestro ser, podríamos dejar de ser masones. Esto nos perjudica en la vida diaria, lo sé. Pero perderlo es un riesgo que no deberíamos asumir.

La Fraternidad entre los hombres y mujeres y entre hermanos y hermanas es uno de los ejercicios de vivencia de la felicidad más extraordinario que existirá jamás.

Ulises