Dualidad, polaridad, igualdad

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Dualidad

Dualidad

La dualidad esta presente en todas las logias masónicas simbolizada en el pavimento ajedrezado.

Esta idea es algo común con otras corrientes iniciáticas, ejemplos de la cuales podemos considerar a los templarios, los cátaros y los gnósticos, entre otros. Todos estos grupos tenían en común ser seguidores de la Tradición, que es un cuerpo de conocimientos que suelen considerarse como ocultos a la mayor parte de los humanos, siendo accesibles a través de estados alterados de conciencia, que es lo que aporta la iniciación, entendida como revelación de
esta realidad, no accesible de forma inmediata.

Algunas escuelas filosóficas opinaban que al conocimiento se podría llegar a través de la memoria, siendo esta, un tipo de inconsciente colectivo en el que se almacenaría esta forma de conocimiento ancestral.

Si nos situamos en una fase previa a las formas de materialización podríamos considerar un estado de unicidad que sería considerado como el campo de energía cero, por algunos, la sefirot Keter para los cabalistas, Nuit para los antiguos egipcios o el caos primordial para la Biblia, por ejemplo. Ese estado evolucionaría a través de la adquisición de la conciencia de si mismo para llegar a la primera duplicidad, el reconocimiento del otro.

Este sería el punto de partida que llevaría a la manifestación material de realidades que en si mismas contendrían siempre esta dualidad fragmentada en sucesivas oposiciones. Sin embargo, esta dualidad en presencia simultánea, seria mejor considerarla como polaridad, del mismo modo que un imán contiene en si mismo dos polos de distinto signo.

La polaridad es un principio dinámico.Entre los polos, ya mencionados, se establece una corriente por esa diferencia o gradiente del carácter de energía que expresan. Es decir, aunque se manifieste en una entidad una característica, en la misma existe, en una determinada cantidad, otra similar pero de signo contrario. Por otra parte, suele darse una gradualidad entre ellas,más o menos cuantificada.

Esto que, por ejemplo, aparece recogido en las doctrinas sobre el ying y el yang, es parte ya del acerbo intelectual de nuestra sociedad occidental. En el campo de la psicología Jung y su esposa establecieron que cada persona tiene dos formas de inconsciente que también forman parte de su personalidad. Una denominada como ánima que tendría el mismo género que el ostentado por la persona y otra zona más oculta llamada ánimus, de signo contrario. Es decir, una mujer tiene un ánima femenina con la que se relaciona con cierta familiaridad, pero un ánimus masculino más oculto y con el que por ende tiene una relación más difícil. Siendo, lo mismo en el caso de los hombres, invirtiendo los géneros respectivos.

El acceso a esos apartados no suele ser fácil, se pueden utilizar diversos métodos de introspección, entre ellos todos los basados en la simbología del laberinto, que en su acepción latina sería una labor intus, o trabajo con nuestros planos interiores.
Los esoteristas, gnósticos y místicos llamaban a la cascada desde los planos espirituales y astrales hasta el material, el camino descendente. En algunas tradiciones eso se corresponde con los caminos que se sitúan a la derecha del árbol de la vida del simbolismo cabalístico. Pero nuestro destino es la vuelta al estado de unicidad, al menos es el deseado por los iniciados que aspiran a encontrar el camino de retorno, el camino del corazón. Esto correspondería con los senderos de la izquierda en este mismo árbol.

Este retorno solo puede realizarse reconociendo todas las facetas dentro de nosotros mismos que explican el universo que nos da cobijo y que mantiene las mismas premisas comentadas hasta ahora de dualidades más o menos reconciliables,dándose la correspondencia entre nuestra realidad personal y la que nos trasciende según el sabido principio de lo que es arriba es abajo.

Ese camino del iniciado le lleva a la comprensión de sus contradicciones y facetas como expresión o reflejo de la realidad circundante. Pero debe realizar un esfuerzo añadido que es el de reconciliación y asimilación de esa facetas que no son positivas, pero que deben aunarse para el crecimiento y desarrollo consciente.

El camino de en medio, para algunos simbolizados por el pilar del centro del árbol cabalístico es el propio del iniciado que debe realizar una labor que trascienda el mero conocimiento e integración de esos aspectos contrarios. Sería la metodología hegeliana de establecer una síntesis a partir de una tesis y una antítesis. Es decir, un conocimiento nuevo y de naturaleza superior a la de los puntos de partida.

Para que eso sea posible debemos trabajar con nuestras polaridades. Para ello debemos entender su igualdad intrínseca e integrar nuestro ánimus de la misma manera que aceptamos nuestra ánima. Ese reconocimiento nos abre una perspectiva de comprensión frente a lo extraño, el otro, capaz de cambiar el instinto primitivo de combatirlo o enfrentarlo como enemigo, por el de aceptación y amor asumiendo la atracción de los contrarios como motor poderoso de conocimiento y única vía para el último objetivo de unificación.

Estas motivaciones inconscientes deberíamos llevarlas a un plano material, exotérico buscando una igualdad efectiva entre los géneros en los que se manifiestan las realidades de los seres humanos, con la certeza de que todo trabajo en ese plano tendrá también una traducción en el plano inconsciente y oculto que nos acercará paso a paso a esa integración como seres completos que añoramos la vuelta a la unidad plena de la que posiblemente hayamos emanado.

Necesitamos trabajar en ambos niveles, con nuestra idiosincrasia y con los aspectos sociales que rigen nuestras vidas. El compromiso social con la igualdad entre géneros es un reflejo de nuestro trabajo interior, por tanto.

Para realizar esta empresa los hombres deben superar los condicionamientos culturales que les llevan a desear un papel de dominación sobre todo lo que les rodea y las mujeres por su parte, tienen que lidiar con la sumisión.
En masonería solemos simplificar a los enemigos internos en tres entidades simbólicas,la ignorancia, el fanatismo y la ambición. Pero estas características pueden mezclarse de diversas maneras generando impulsos más complejos como los que estamos describiendo. Así pues, la dominación abarca sentimientos de intolerancia, violencia frente a lo distinto e incapacidad de empatía con lo que consideramos externo, con el ánimo de obtener un provecho de entrega absoluta de la otra entidad, que trabajaría brindando su total colaboración y sumisión. Es algo apetecible utilizar la energía de otros seres vivos , casi sin coste, en el propio provecho. Es la enorme ventaja que ha proporcionado el patriarcado a los hombres en la mayor parte de las civilizaciones conocidas. Esa dominación se extiende a todas las formas de vida y energía del planeta, que muchas religiones, además, defienden como creadas por el o los dioses para provecho de ellos, los machos de la especie.

La sumisión también tiene sus ventajas porque evita la molestia de tomar decisiones y responsabilidades sobre nuestra vida y nuestro entorno. Es un miedo a ser adultos, una forma cómoda de eludir el trabajo de conducir nuestra vida con nuestros límites, de evitar el esfuerzo de trascenderlos, así como de mejorar, de aprender, de enfrentarnos con nuestra más oscura sombra, la que tenemos ineludiblemente que alumbrar, conocer y usar de forma provechosa.

Sin embargo, la ciencia empezó a desengañar a los hombres sobre su papel hegemónico en el universo. Se vio que la tierra no era el centro, alrededor del cual giraban todos los cuerpos celestes. Ni siquiera pasar ese papel al sol resultó consolador porque había muchos soles en nuestra galaxia y muchas galaxias en el universo.

La contaminación creciente del planeta empezó a demostrar de manera dramática nuestra conexión y dependencia con el medio ambiente. No podíamos permanecer ignorando el daño que nuestros residuos llegan a causar. Así pues, las doctrinas que preconizaban la unión con la naturaleza y la armonización con nosotros mismos, han ido cobrando de nuevo vigor por adecuarse de forma más precisa a nuestros conocimientos y circunstancias actuales.

Por otra parte, nuevos conceptos en los campos de Psiquiatría y psicología avalan que es una tendencia saludable la introspección para integrar aspectos que de permanecer ignorados, podrían ocasionar problemas o enfermedades.
Nada que nuestra tradición no supiera ya. Nuestro método permite ese estudio e integración de nuestra personalidad.

Pero romper con los roles sociales asignados no es fácil, lo cómodo es seguir representándolos.

Sin embargo, como individuos plenos tenemos que aceptar ese reto, lo mismo que renunciamos o vamos más allá del papel mediador de la religión a la hora de vivir nuestra espiritualidad o las facetas trascendentes de nuestro carácter.
Nunca es un camino fácil, requiere de numerosas muertes y resurrecciones a otras forma de ver la realidad, un inmenso trabajo de pulir nuestra piedra para ensamblarla correctamente en el edificio que construimos entre todos, pero ese es nuestro método y lo que tenemos que ganar es a nosotros mismos y lo que tenemos que perder son las facetas perturbadoras de nuestros egos que se oponen a ese reconocimiento de la unidad de la que formamos parte.

La disolución de nuestro propio yo en el todo del que hemos partido al obtener nuestra propia auto consciencia, es el último estadio para llegar a la iluminación y la realización plena. La forma en la que accedemos a ese estadio es a través del amor como motor poderoso de ansia de fusión con lo distinto, con nuestra polaridad complementaria. Englobando en ese sentimiento todos nuestros impulsos trascendentes desde la sexualidad hasta la espiritualidad más etérea.

Esa búsqueda de unidad, de retorno a un estado de armonía es el objetivo del camino inciático, su recorrido nos llevará a un mayor grado de plenitud que significará nuestra realización como individuos en nuestras facetas y posibilidades. Eso se suele traducir en una mayor capacitación, en un empoderamiento que nos lleva a acometer todos nuestros proyectos vitales con energía y entusiasmo, trasladando esa realización en los planos internos a los externos de igual manera.

Siguiendo la correspondencia ya conocida, derivada de la interconexión con el resto de lo existente.